La empatía es la capacidad para ponernos en lugar de los otros. Pero ese "ponernos en lugar del otro", ¿cómo lo hacemos?
Lo más habitual es que lo hagamos desde nuestro propio punto de vista, es decir, cómo nos sentiríamos nosotras en esa situación.
Y es que para ponernos en la piel de la otra persona es necesario, o bien que la conozcamos mucho, o bien que la escuchemos (los mensajes hablados y el lenguaje de su cuerpo).
Si esa otra persona es nuestro hijo/a parece que la cosa es más fácil porque se dan las condiciones que he mencionado.
Pero en muchas ocasiones, a la hora de acompañar a nuestros hijos en sus sentimientos, no somos capaces de hacerlo de una forma completa.
Necesitamos intervenir de alguna forma.
Creo que las madres no podemos observar las experiencias de nuestros hijos de una manera objetiva, está en nuestro instinto el involucrarnos.
La necesidad de aliviar o de buscar soluciones hace que muchas veces no nos tomemos el tiempo necesario para dejar que los niños se expresen y nos digan, a su modo, qué es lo que necesitan.
Y a lo mejor el niño no quiere solucionar nada, sólo quiere que alguien comprenda lo que está sintiendo.
Seguro que a veces te sorprendes a ti misma con una frase que te sale automática: No pasa nada.
Y una vez que decimos eso, la empatía ya no es posible porque es como negar lo que le está ocurriendo a nuestro hijo.
Todo esto viene por nuestra necesidad de aliviar y de buscar soluciones, porque parece que forma parte de nuestro papel de madres.
Y si no tenemos una solución que ofrecer, entonces intentamos que parezca que no es grave, para aliviar el malestar del pequeño, y con la mejor de nuestras intenciones decimos ese "no pasa nada".
Hasta aquí es posible la reflexión y el esfuerzo por conseguir la conexión que nos permita ser empáticas de verdad y acompañar afirmando los sentimientos del niño como algo que SÍ EXISTE y que SÍ ES IMPORTANTE.
Más difícil se vuelve el asunto si decimos "no pasa nada" pensando que realmente no pasa nada.
Es muy común en las personas medir las cosas por nuestro propio baremo y decidir así qué es importante y qué no lo es. Y en nuestro mundo de adultas podría parecer que las cosas de los niños son pequeñas, tan pequeñas como ellos.
¿Acaso un problema de trabajo no es mucho más grande que la frustración de un niño por no saber chutar el balón?
Lo que respondamos a esta pregunta dependerá mucho de si hemos olvidado o no la niña que un día fuimos...
Y tú... ¿Tienes empatía con tus hijos?
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